La fecha no importa. Durante el verano del 2004, decidí irme a Londres a buscar un trabajito y mejorar mi íngles. Lo tenía todo, más o menos, organizado. Babou, mi gran amigo, me había ofrecido su casa con su familia. Y acepté. Me divertía muchísimo deambular por su casa. Su familia es mitad francesa y mitad senegalesa equilibrada por cinco hermanos y dos hermanas. Todos lucían unos cuerpos esbeltos, morenos, agiles y brillantes. Las hermanas eran como bien dice un poema cubano del SXVIII: “mulata ya tu nombre es un talismán”. Este comentario, más vulgar en realidad, me costo un par de puñetazos propios de un ring de boxeo. Todavía acariciando mis hombros siento los moratones. Da igual, esto es propio de un gamberro y respirar el aire de un paisaje inalcanzable no se mide.
Esta casa no era un castillo del Lord de Kent donde seguramente se dejaban llevar por unas pasiones insensatas. Sin embargo, ahí, Lord Biron se hubiera encontrado a gusto con su oso. Nada más abrir la entrada de la casa, te golpeaba el polvo de estas tierras rojas y el fuerte olor a Dakar. Por primera vez, mis ojos dormidos contemplaban la tumba de un muerto en un salón y máscaras mandingas colgadas en las paredes. Por los pasillos reinaba el desorden del salado puerto de Kaolack sano por su taquicardia. Nunca supe cómo la madre, por la que tengo una profunda admiración, tenía el coraje para aguantar tanto; la mía se hubiera puesto histérica y directamente la hubiéramos ingresado en un manicomio. Sin embargo, este interregno, a mi me encantaba. Lo mejor y lo peor era la buhardilla, es decir, el cuarto de los hermanos mayores; no pasaba nada o todo. Sobre las estanterías de las cómodas del cuarto reposaban trofeos de fútbol que cumplían otra función: las de cenicero. Y al abrir algún cajón, te sorprendía un condón usado que significaba una pequeña historia de amor. En el cuarto de Aliou, sobre las paredes caían unos meteoritos provocados por unas simples palmaditas. Pero los cráteres se apañaban con unos carteles del león senegalés Youssou N’dour o Bob Marley. Y no pasaba nada. Asimismo el jefe de la tribu, un reconocido economista financiero y temido por denunciar los acuerdos injustos de la O.M.C con el tercer mundo, se paseaba botando por la casa y fumando unas hierbas sonrientes.
Al final, mi búsqueda de trabajo en Londres fue un fracaso creativo porque Babou y yo decidimos pasar el verano en la Costa Azul, donde las orgias de Pícasso con mi tío Rafael se quedaban cortas. En el verano del año siguiente, los ojos de mi amigo se habían cerrado para siempre.